Irán hoy busca ampliar la onda expansiva del conflicto para elevar el costo a EE.UU y a Israel, y ello no se limita a las naciones árabes aliadas con Donald TruIrán hoy busca ampliar la onda expansiva del conflicto para elevar el costo a EE.UU y a Israel, y ello no se limita a las naciones árabes aliadas con Donald Tru

Del Golfo Pérsico al continente americano

2026/03/18 18:49
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El bombardeo estadounidense-israelí a Irán iniciado una quincena atrás es como una granada de fragmentación, generando esquirlas en distintas direcciones, impactando el mercado y los precios internacionales de petróleo y gas natural, incendiando Medio Oriente y el Golfo Pérsico y abriendo enormes interrogantes acerca de lo que viene ahora para la paz y seguridad internacionales. Sin embargo, uno de los aspectos que menos se ha discutido, y que no por ello es menor, es el de las reverberaciones que el ataque al régimen teocrático, autoritario y represor de los ayatolás implica para el continente americano y las consecuencias nada desdeñables para la huella de operación y acción iraní -tanto directa, vía lo que queda del gobierno en Teherán, como de manera encubierta, vía Hezbolá- en él.

Si bien es cierto que no ha habido una acción cinética iraní directa en el continente desde el atentado terrorista contra la Asociación Mutua Israelita Argentina en Buenos Aires en 1994, y que algunos han sobredimensionado la capacidad y el apetito iraníes de utilizar nuestro continente como cabeza de playa subversiva, también es un hecho irrefutable que Irán ha mantenido a lo largo de las últimas décadas una presencia real, operativa, financiera y de inteligencia -acotada- y de desinformación y penetración social y mediática -amplia, vía HispanTV- en Latinoamérica y el Caribe, proyectada particularmente desde Venezuela (y en menor medida, desde Bolivia, Nicaragua y Cuba), primero con Hugo Chávez y luego con Nicolás Maduro (y con Delcy Rodríguez como canciller). HispanTV, el brazo mediático en español del Estado iraní, ha sido el vector más visible y amplio de su influencia en la región, amplificando narrativas antiestadounidenses e israelíes con un alcance que ningún otro instrumento de propaganda iraní ha podido igualar en nuestro hemisferio.

Hoy Teherán ha perdido a sus dos grandes aliados continentales, primero como resultado de las elecciones en Bolivia y ahora con la caída de Maduro en Venezuela, erosionando con ello su capacidad operativa real en las Américas. Como botón de muestra basta con ver el tono y contenido del comunicado tibio y churrigueresco que publicó el régimen venezolano como respuesta inmediata a los ataques iniciales del 28 y 29 de febrero y que luego incluso retiró. Sin embargo, no podemos ser complacientes. Irán hoy busca ampliar la onda expansiva del conflicto para elevar el costo a EE.UU y a Israel, y ello no se limita a las naciones árabes aliadas con Donald Trump en el Golfo Pérsico. Solo hay que recordar cuatro episodios recientes, los cuales todos por cierto cuentan con un denominador común -México- y que demuestran las vulnerabilidades que podríamos aún enfrentar en esta coyuntura en la cual Irán estará buscando responder de manera amplia y sistemática a los ataques estadounidenses, tal y como ya lo ha hecho con naciones en la región del Pérsico y el Medio Oriente.

El primero de esos episodios fue el intento iraní - mediante una solicitud oficial formulada a la cancillería mexicana en 2010- de abrir un consulado en Tijuana. La petición fue rechazada por la SRE al carecer ésa de toda justificación consular legítima. La comunidad iraní en Baja California es, para todo propósito, inexistente y no hay interés comercial o económico iraní alguno en esa región de nuestro país, amén de las implicaciones evidentes que conllevaba dicha solicitud, la cual por sí sola, constituía un indicador de intención estratégica: establecer un punto de observación y recolección de inteligencia privilegiado a escasos kilómetros de San Diego y de las bases militares y navales estadounidense en esa región.

El segundo es en muchos sentidos el más revelador del modus operandi iraní. En 2011, la Fuerza Quds, la unidad encubierta de la Guardia Revolucionaria de Irán responsable de operaciones extraterritoriales, guerra no convencional e inteligencia militar, orquestó el reclutamiento de un estadounidense-iraní para contratar a los Zetas y plantar una bomba en un restaurante en Washington -muy socorrido por la clase política y por diplomáticos- con el objetivo de asesinar a mi entonces colega, el embajador saudí en Washington. Las reuniones entre dicho sujeto y un supuesto sicario de los Zetas -que en realidad era un agente encubierto de la DEA- tuvieron lugar en México entre la primavera y verano de 2011. El precio acordado para el asesinato fue de $1.5 millones de dólares, y se transfirieron casi $100 mil como pago inicial desde una cuenta en Irán; el plan había sido aprobado al más alto nivel de la Fuerza Quds, por el propio Qasem Soleimani, quien la encabezaba hasta que fue asesinado en 2020 por la primera Administración Trump. Monitoreado por México y EE.UU, al sujeto se le permitió volar de regreso de México a Nueva York donde fue detenido en el aeropuerto. México fue, en este caso, no un objetivo sino el espacio operativo donde se tejió el intento de reclutamiento.

El tercero ocurrió en junio de 2022, cuando un Boeing 747 operado por la aerolínea de carga estatal venezolana Emtrasur aterrizó en Querétaro. Después de reabastecerse de combustible y cargar lo que su manifiesto identificaba como “bienes industriales”, la aeronave partió con autorización para una ruta de vuelo Querétaro–Caracas–Buenos Aires–Caracas. México (Aviación Civil, el Instituto Nacional de Migración, las autoridades aduanales y la administración del aeropuerto) había permitido la escala en Querétaro; ¿sabían esas autoridades del turbio historial de la aeronave? Para más señas, ésta había sido previamente propiedad de Mahan Air, una aerolínea iraní sancionada por el gobierno de EE.UU antes de ser transferida a Emtrasur. La ruta de vuelo previa del avión era en sí misma particularmente sospechosa: de Caracas a Teherán un mes antes, sobrevolando el norte de Irán y la costa sur del Mar Caspio antes de desaparecer del radar a 37,000 pies de altitud, para luego aterrizar en Moscú, regresar a Irán, volar a Belgrado y de ahí hacia el Atlántico -desapareciendo del radar nuevamente cerca de Portugal- antes de regresar a Caracas y luego dirigirse a Querétaro. Y la tripulación era inusualmente numerosa -19 personas- incluyendo al menos cinco iraníes. En la inspección del teléfono móvil del piloto se encontraron fotografías de misiles, tanques y una imagen de él mismo como joven combatiente en la Fuerza Quds, y un documento del FBI lo identificó como posiblemente un funcionario de Qeshm Fars Air -una aerolínea iraní presuntamente involucrada en operaciones de la Guardia Revolucionaria para el traslado de personas y armas a zonas de conflicto en el Medio Oriente. El momento también fue notable: la detención eventual de la aeronave en Argentina llegó apenas días antes de que Maduro visitara Teherán, donde Irán y Venezuela firmaron un acuerdo de cooperación a 20 años.

El cuarto episodio ocurrió el año pasado, en una operación iniciada a finales de 2024 y activa durante la primera mitad de 2025 y conducida por un oficial de la Guardia Revolucionaria en la embajada iraní en Caracas, donde era responsable de reclutar y manejar agentes iraníes en América Latina. Su objetivo, según lo que EE.UU e Israel anunciaron en noviembre pasado, era el asesinato de la embajadora israelí en México. El plan fue neutralizado, según ese anuncio, con el apoyo de México, aunque el gobierno mexicano públicamente negó tener conocimiento del operativo.

El hilo conductor que conecta todos estos eventos no es casual: en todos ellos México es el espacio de operación o el teatro de acción elegido por Irán; en todos interviene -de manera central- la Fuerza Quds; y en todos se corrobora la disposición iraní a recurrir a actores criminales o a explotar la geografía y la porosidad fronteriza y permeabilidad institucional mexicana como vectores de acción frente a EE.UU o Israel. Lejos de ser anomalías, estos cuatro episodios son norma y patrón. Y los factores de vulnerabilidad mexicana se han acumulado en estos años, no disminuido. La frontera de más de 3,000 kilómetros con EE.UU la convierte en el espacio más atractivo para cualquier actor que busque proyectar amenazas hacia territorio estadounidense. Los nexos documentados entre el crimen organizado transnacional y actores estatales o paraestatales hostiles, incluida la Guardia Revolucionaria iraní y sus Fuerzas Quds, ofrecen una infraestructura lista para ser activada o explotada. A ello se suma el colapso de la colaboración en materia de seguridad bilateral con EE.UU así como la alarmante evisceración y desarticulación del CISEN durante el sexenio de López Obrador y su reemplazo por una estructura -el CNI- con capacidades significativamente reducidas en materia de inteligencia externa y contrainteligencia.

La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 de la Administración Trump, publicada en diciembre pasado, es explícita al identificar la frontera sur de EE.UU como el principal flanco de vulnerabilidad para la seguridad nacional estadounidense. Leída entre líneas, esa estrategia también implica que cualquier operación terrorista -o incluso intentona frustrada- que tenga como punto de origen o tránsito el territorio mexicano será política y diplomáticamente instrumentalizada en Washington con consecuencias directas para la relación bilateral, peor aún si determinan -o perciben- que encima de todo, sectores del partido en el poder en México, vía Maduro y Caracas, también jugaban en el arenero iraní. El riesgo, en suma, no es si Irán tiene hoy la misma capacidad operativa regional que tenía en 1994. El riesgo es que un actor en este momento debilitado, acorralado y con incentivos para escalar y demostrar capacidad de respuesta, de retaliación y de disrupción globales, ampliando las ondas expansivas del conflicto, recurra precisamente a sus activos más difíciles de rastrear y neutralizar: redes durmientes o nexos con grupos criminales trasnacionales. México, por su geografía, sus actuales vulnerabilidades institucionales y su centralidad para la seguridad de EE.UU, está en el epicentro de ese riesgo. Más nos vale ver en el retrovisor lo ocurrido y ponernos las pilas.

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