Es el motor del progreso. También de las caídas mas estrepitosas. La pulsión por superar limitaciones puede llevar a lugares impensados. Y a fines inimaginables. Los mitos clásicos abundan en ejemplos. Y en enseñanzas casi nunca aprendidas. La ignorancia (o la literalidad) impiden advertir su pedagogía. A demasiados les ahorraría problemas. Y condenas. Aunque también los haría menos audaces y no llegarían tan lejos. Más de lo que sus condiciones parecían permitirle.
Icaro debería estar en el top of mind de los mortales. Sobre todo de los que de tanto ascender tan rápidamente se consideran inmortales. O impunes. E inmorales. Que no es lo mismo, pero suele tener similares consecuencias. Icaro es demasiado conocido y, al mismo tiempo, suficientemente ignorado. El hijo del ingenioso Dédalo quiso volar más lejos de lo aconsejado. Así terminó. En el fondo del mar, con sus alas quemadas por el sol. Sobran los émulos. Sobre todo, en estas tierras. Decididos a volar más alto de lo aconsejable. Con ambición y desparpajo. Siempre dispuestos a subirse a aviones que los lleven lejos. Mucho más si es gratis. Sin reparar nunca en los costos. Hasta que caen. Desde bien arriba. En la dura realidad. Ícaros barriales. Fin.


